INICIOS DE LLANOGRANDE, PALMIRA
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El domingo 20 de septiembre de 1722, el cura Gaspar de Oviedo abrió el libro número uno de la parroquia, su papel venia importado de Flandes, Aragón o Cataluña; puso su pluma en el tintero de plata y con tinta ferrogálica escribió: Niño, Ignacio Angola, pardo libre hijo de Ignacio Angola y de Petrona Velasco, padrinos Francisco Diaz y Josefa Vásquez. Y luego escribió su nombre, Don Gaspar de Oviedo, no sin antes advertirle a los padrinos sobre sus deberes y no sin antes cobrar la suma de 3 pesos. El Don no era un tratamiento que se le daba a cualquiera.
La parroquia y el mismo Llanogrande existían, porque un buen día el Papa Clemente XI, nombró a un cura del pueblo de Mosteles, Toledo, España, quien el domingo 26 de agosto de 1714, llegó a Popayán siendo el Doctor Juan Gómez Nava de Frías y convirtiéndose en el Ilustrísimo Obispo de la Gobernación de Popayán, el 30 de junio de 1723 la capilla de la feligresía de El Palmar como parroquia, con Don Gaspar de Oviedo como cura, quien desde hacía casi un año bautizaba en ella, con él, ya eran 3 los curas de la región: el primero era el cura doctrinero del poblado de indios de San Jerónimo, maestro teniente de los curas de Guadalajara de Buga y de Santiago de Cali, Francisco Cobo dueño de la hacienda de Nuestra Señora de Loreto, colindante por el oriente con la hacienda El Palmar y un segundo cura que pernoctaba en el pueblo de indios de Nuestra Señora de la Candelaria.
De la parroquia del Palmar se tiene noticias desde el 14 de abril de 1689, cuando fue vendida por Jerónimo Rengifo Baca a Marcos Rengifo de Lara, Alférez Real de Buga. Primero fue el oratorio de la hacienda, pero por la población que acudía a ella la elevaron a feligresía porque en sus cercanías se construían chozas y casas. En 1722 la capilla se consagró a la imagen de un lienzo de Nuestra Señora del Rosario, encontrado en la Hacienda Malagana, por su dueño, el cura Don Juan Varona y el caserío empezó a crecer y sus habitantes, entre blancos, mestizos, pardos libres y esclavizados empezaron a acudir a los oficios religiosos, a trabajar en las haciendas y a enterrar a sus muertos atrás de la capilla.
Eran pocos los indígenas que habían sobrevivido a las masacres, a las enfermedades y al duro trabajo impuesto por quienes les usurparon la tierra. El padre Francisco Cobo registró el nacimiento de un solo indígena en 1722. Niño Pedro, indio, hijo legítimo de Antonio Lazo y Lucia Marulanda; así lo registró el sacerdote, lo bautizaron el décimo día del décimo mes, sus padrinos fueron Ignacio Vásquez y Gertrudis Velásquez.
Los indígenas estaban diezmados, pero se incrementaba la población negra raptada de África, su sangre y su fuerza la utilizaron en las minas del Chocó y Raposo, en los cultivos de caña o en los oficios domésticos. Les imprimieron una religión. Los llamaron Bozales, ladinos, muleques y a los que eran rebeldes y huían les dieron el apelativo de cimarrones tal y como se nombraba al ganado brioso e indomable; a los niños esclavos los denominaron chusma. Venían de Angola, Costa de Marfil del golfo de Bénin, del África central. Allá capturaron muchos grupos: Mandingas, Babara, Cetre, Canga, Mina, Caramantí, Arará, Fon Lucumí, Popo, Aya, Camba, Cotocolí, Carabali, Ibo, Bibi, Congo, Luango etc. Los trajeron en trasatlánticos negreros, casi un 10% moría en la travesía. Entraron por Cartagena los recontaban, y considerándolos “piezas de Indias” los subastaban y desde allí amarrados o encadenados debían caminar hasta los cultivos de caña de azúcar, Popayán y Quito, otros tantos morían en la larga caminata. Los esclavizadores pagaban entre 150 y 250 pesos por pieza, se les podía comprar, vender, empeñar, hipotecar, heredar y empreñar. Para multiplicar la inversión los amos los ponían a vivir en grupos grandes en las bagaceras de los trapiches, para que se reprodujeran; algunos amos les permitían construir sus propias chozas de guadua, paja y cañabrava. La casa de teja y tapia mullida pocos podían tener, pues tenía un costo de 900 pesos.
Y así los libros parroquiales se empezaron a llenar de anotaciones con los nombres de los bozales recién llegados, de ellos los curas escribían “Sin Dios”. Urgía bautizarlos y después de un año de permanencia y después de hablar un poco de español se les llamaba “ladinos” Los nombres de los primeros afrodescendientes, hijos de los esclavos, pardos esclavizados y libres pulularon en los libros de bautizos y defunciones de la parroquia de Llanogrande: Ignacio Angola, primer niño bautizado en Llanogrande, así como el segundo bautizado, pardo libre Francisco Candela, Domingo Candela Llanos, Andrés, pardo libre, apadrinado el 2 de octubre de 1722 por Joseph Machaca y Manuela Armijo.
El padre Oviedo también en ese primer año bautizó a Anastasia y Pasquala (Pascuala) pardas libres y al niño Antonio Castillo lo bautizó el padre Cobo el 14 de noviembre 1722, amadrinado por Sebastiana Ruiz, era esclavo e hijo de una esclava de los Castillo. Y el doce del mes doce del mismo año bautizó el padre Ledezma en la iglesia de San jerónimo, al niño Juan esclavo, sin padre conocido, hijo de Juana una esclavizada. Fueron catorce niños bautizados entre septiembre y diciembre de 1722, de ellos seis eran afrodescendientes.
El primer difunto registrado en la parroquia, en el libro 1 de defunciones, fue Javier Ferreyra, un mestizo; hizo constar con su firma el padre Don Gaspar de Oviedo que el 20 de agosto de 1723 le dio sepultura, posterior al pago de 3 pesos por un entierro menor.
Y el 28 del mismo mes se dio sepultura a Manuel Popo, sin Dios, esclavo de la Compañía de Jesús.
El doce de noviembre de 1723 se dio sepultura a Juana, esclava de Doña Ignacia Piedrahita en la capilla de Amayme (Amaime). El 14 de diciembre se dio sepultura en la iglesia de Santa Rita a Feliz Gonga un mulato en un entierro menor también de 3 pesos.
A los difuntos se le sepultó en el cementerio estaba en la parte de atrás de la capilla, casi a orillas del río. A los bautizados se les imponía el agua y el óleo en la pequeña capilla que miraba al sur; parroquia y cementerio se habrían de trasladar casi sesenta años después, ese antiguo santo lugar lo ocupa un largo edificio, club y banco, una casa roja y un edificio de aduanas e impuestos.
Y así fue como la tierra negra de Llanogrande y Palmira se fue construyendo de a poco entorno a una capilla que fue testiga silente y cómplice de la mezcla de la sangre española, africana y autóctona; los segundos marginados y cuasi anulados como seres humanos y últimos usurpados y exterminados.
Por: Denys Jesús Gómez Aguirre.
Pintura de Juan Gómez Nava de Frias.
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